En manos de Nanda Devi

Recordó una vez más la impresión que le produjo ver por primera vez aquel majestuoso paisaje salido de un cuadro pintado por los dioses o mejor aún, de un sueño; soñado por la criatura más inocente y pura de la tierra. Se sintió atraído por las descomunales dimensiones de la cordillera que tiraban de él con la fuerza de un gigante. Sus afilados y toscos perfiles le daban un volumen denso y sólido. La luz del mediodía se dejaba caer suave bañando las rocosas formaciones y haciendo resaltar la erguida y firme figura de las montañas sobre un delicado cielo azul claro. El pincel divino que desde el cielo pintaba de gris las desnudas rocas, lo hacía con un tono distinto cada vez.

El aire que allí se respiraba era fresco y fino, un aire virgen que se deslizaba lento por entre las grietas de las rocas acariciando la suavidad del paisaje. Las juguetonas y frías ráfagas de viento que llegaban desde el corazón de la montaña besaban tímidas los cuerpos de Lobsang y Deihab que hipnotizados por los susurros de éstas observaban empapados en éxtasis el bello espectáculo. El tenue sonido del viento se confundía a ratos con el de una frágil voz que les llamaba invitándolos a conocer la montaña.

Lobsang recordó también una leyenda que desde niño había oído decir a las gentes de su ciudad y que en aquel primer encuentro con el Nanda no había prestado atención, que aseguraban que esas montañas tenían vida propia y eran de hecho los dioses de la tierra. Sin embargo si fue consciente de la terrible sensación que se apoderó de él cuando fijó su mirada en la cumbre del Nanda Devi, el pico que habían ido a escalar. Observó la cima, nevada, retorcida contra el cielo, sola, gobernando con seguridad su enorme montaña. Y ella les observó a ellos, desde lo alto, como una diosa y hablándoles omniscia les hizo saber que serían bien recibidos ofreciéndoseles como su hogar hasta el fin de sus días. Cuando este mensaje llegó hasta Lobsang, no se sorprendió lo más mínimo empachado por el manjar con que se estaban deleitando sus sentidos. Se habría quedado a vivir allí para siempre, sentado en la hierba y respirando a grandes bocanadas la frescura del Himalaya. Después de pasar largo rato disfrutando de la vista y de la paz que allí se respiraba Lobsang y Deihab se miraron mutuamente declarando su felicidad y entusiasmo con la involuntaria expresión de sus caras, y una vez compartido ese momento iniciaron la marcha hacia la falda de la montaña.

Recordó las ganas con las que había partido de Dehradun, su ciudad natal, a pesar de los lamentos de su madre y hermanas temerosas de los malignos poderes que aquella perdida leyenda le atribuía a la montaña, y cómo sus deseos de escalar el Nanda y llegar hasta su cima se habían multiplicado por mil al observarlo de cerca por primera vez, dejando atrás cualquier duda o recelo que hubiera podido tener minutos antes. Así el 24 de Abril de 1912 quedó marcado en Lobsang como el día en que comprendió el por qué de su existencia, eso por lo que había soñado toda su vida observando desde lejos la brumosa imagen de las montañas que los separaban de China. Cuatro días más tarde llegaron a la falda de la montaña donde el guía y los dos porteadores que les habían ayudado durante las dos semanas anteriores a ultimar los detalles de la subida se despidieron de ellos deseándoles toda la suerte del mundo. A 4.800 metros de la cima Lobsang y Deihab montaron el campamento donde pasarían solos su primera noche con el Nanda Devi preparados para empezar el ascenso.

Parecía que habían pasado años desde aquella primera noche que pasaron casi sin pegar ojo hablando de los detalles del primer día de escalada y compartiendo un entusiasmo y una ilusión que solo ellos podían disfrutar. Habían repasado miles, millones de veces cada metro del itinerario que habían marcado en el mapa, todo el equipo, las provisiones, los días, las horas y las respuestas a la infinidad de problemas que se podían presentar y que probablemente se presentarían.

Lobsang y Deihab habían curtido sus pieles en las plantaciones de jowar y ragi, que eran las únicas variedades de mijo que se cultivaban en el Punjab. Desde muy niños habían labrado la tierra tirando de los lentos y escuálidos caballares, y cuando los animales se hacían viejos y morían, eran los trabajadores como Lobsang los que tenían que tirar del arado hasta que el Lord, como ellos lo llamaban, se podía permitir el lujo de comprar unas cuantas cabezas más. Cuando terminaba la siembra iban a trabajar en las plantaciones de algodón y únicamente descansaban al entrar Junio, época en la que el monzón de Bengala regaba toda las tierras. Pero el descanso sólo se refería al trabajo en las plantaciones, porque cuando no trabajaban en éstas tenían que hacerlo en sus casas. Pasado el monzón llegaba la recogida que no era la tarea más dura pero si la más esclava y pesada. Sus deseos de alcanzar algún día el lejano Himalaya crecían cada vez que miraban al horizonte mientras se quitaban el sudor de la frente con el dorso de la mano. Observaban su paraíso, respiraban hondo y volvían a empuñar la hoz hasta que se iba la luz del día.

Cómo había cambiado todo… era curioso mirar al pasado y sentir la misma ilusión y excitación que en aquellos momentos incluso conociendo el final de la historia, aunque en el fondo se preguntaba si sería ese el final, con todas sus fuerzas deseaba en cada momento que no lo fuera. Se echó a llorar otra vez, no encontraba la manera de no morir allí colgado. El miedo había bloqueado su razón, estaba en estado de shock, sabía que iba a morir, con lo fácil que sería dejarse llevar allí mismo… pero no podía tenía que vivir, o al menos intentarlo. Habían pasado cinco horas, suficientes para llegar a la desesperación incluso habiendo perdido la noción del tiempo. La única referencia que Lobsang tenía era la posición del sol en el cielo por lo que sabía que todavía le quedaba tiempo para pensar y encontrar la forma de salir de esa situación. Pero la constante sensación que tenía de haber agotado todas las posibilidades le golpeaba la cabeza consumiendo su esperanza. Intentaba pensar rápida y desesperadamente pero el agudo dolor del hombro no le permitía hacerlo con claridad, si llegaba la noche y no había encontrado una solución moriría congelado.

Volvió a darse impulso pensando que quizás esta vez podría alcanzar la pared, agarrando la cuerda de la que pendía con la mano derecha echaba las piernas adelante y atrás oscilando cada vez con más fuerza pero la longitud de la cuerda era mucho menor que la distancia a la pared y por mucho impulso que se diera nunca la alcanzaría, era obvio que había que desechar esa posibilidad, además con la altura cada impulso era un enorme esfuerzo que le fatigaba cada vez más. Cesó el esfuerzo, apoyó la frente en la mano que agarraba con fuerza la cuerda y cerró los ojos. Permaneció allí penduleando como un monigote viendo su irremediable muerte. El lugar con el que había soñado durante toda su vida sería el último recuerdo grabado en su mente. Bien pensado, qué mejor lugar para morir que el decorado de sus sueños, sin duda era el único sitio donde Lobsang querría morir; pero la cuestión ahora era que no quería morir, quería seguir viviendo, amaba la vida, lo bueno y lo malo, cada día ofrecía algo por lo que vivir, una nueva experiencia, un nuevo sentimiento, una nueva sensación, ni siquiera en aquel horrible día en el que Deihab había muerto y él iba a seguir sus pasos quería morir, ¡no! la muerte no se presenta el día antes para contarte durante horas cual va a ser su relación contigo, la muerte llega de repente, sin que te de tiempo a enterarte.

Sin embargo la opción de cortar la cuerda y dejarse caer al vacío había pasado fugazmente por su cabeza un par de veces, aunque cuando lo hacía veía con una espantosa claridad cómo lo había hecho Deihab unas horas antes. No se lo podía quitar de la cabeza, lo veía una y otra vez, sin descanso. La muerte de Deihab era como una barrera que no le dejaba pensar, no paraba de darle vueltas, era horrible.

Deihab iba delante cuatro o cinco metros por encima de él, estaban llegando a un enorme saliente que se extendía a izquierda y derecha decenas de metros. No podían bordearlo tenían que escalar por el. Así que se hicieron a la idea y respirando hondo siguieron la marcha decididos a dejarlo atrás como si de una grieta mas se tratara. Deihab llegó a la esquina que formaban la pared vertical por donde subían con el saliente que hacía las veces de techo, este salía hacia fuera varios metros formando una cuña bastante abierta con la pared, metros suficientes como para acelerar notablemente el pulso de Lobsang. Se quedó bien agarrado al último clavo que había puesto observando la calculada escalada de Deihab, viendo con claridad cual era el apoyo correcto que debía hacer a cada momento. Se le veía seguro, como si estuviese practicando colgado de un árbol en lugar de estar agarrado de una pared casi horizontal de roca con una caída que podía durar casi un minuto. Avanzó unos metros más y con los brazos hinchados por el esfuerzo se decidió a clavar un clavo, le costó mas de lo normal dada la incomoda posición pero no fue ningún problema. Lobsang tensó la cuerda y Deihab se colgó de ella para descansar un poco, miró a Lobsang y respiró aliviando la tensión. Relajados ya los músculos reanudó la escalada, siguió lento pegado a la montaña como una lagartija y alcanzó por fin el final del saliente donde la pared de roca volvía a ser vertical; llegado a este punto no le fue difícil subir un poco mas para fijar otro clavo.

Vamos Lobsang gritó desde lo alto del obstáculodesde abajo parece más difícil de lo que es.

El sol golpeaba con fuerza la montaña, no hacía excesivo frío y el viento no estaba muy alborotado, no era tarde y no iban mal de tiempo, pronto podrían parar un rato para comer. Estaban donde querían estar, todo era perfecto era un buen escalador no tenía de qué preocuparse, con paciencia y concentración dejaría atrás ese tramo sin darse cuenta. Era el primer paso difícil de todo el viaje, en algún momento tendría que llegar…

Lobsang comenzó a trepar sin vacilar poniendo especial atención en cada movimiento, como un camaleón firme en sus pisadas, buscando las formas mas adecuadas a su propósito. Pasado el clavo puesto por Deihab en mitad de la pared inclinada, con la cabeza colgando en el vacío no tardó en encontrarse con el brazo que su amigo le había tendido al final de la cornisa para ayudarle a dar el último paso.

Venga, esto es pan comidole animó Deihabyo seguiré delante.

Superado el obstáculo se quedó jadeando un rato e hizo un último esfuerzo subiendo un poco mas para asegurarse al último clavo que había puesto Deihab. Una vez sujeto y seguro miró hacia abajo abriendo bien los ojos dándole gracias a la montaña.

Vamos Lobsang, no ha sido para tanto gritó Deihab desde arriba que seguía con la marcha.

Al decirle esto a Lobsang no miró donde apoyaba el pie derecho que resbaló. Deihab comenzó a caer pegado a la pared intentando hincar manos y pies en alguna grieta pero caía muy rápido y la pared era demasiado lisa.

¡Deihab!gritó Lobsang a la vez que su amigo le caía encima desencajándole el hombro y arrastrándole con el hacía abajo.

La cuerda de Lobsang se tensó antes que la de Deihab y con un golpe seco se paro quedando colgado a tres metros del borde de la cornisa. Al golpear con Lobsang, Deihab se separó mas de la pared y su cuerda penduleó en lugar de dar un tirón; al venir de mas arriba su velocidad era muy grande y cuando la cuerda chocó contra el borde de la cornisa esta la cortó como si fuera de algodón. Pegó contra el techo de la cornisa y luego cayó al vacío.

Lobsang, como en un sueño, observó cómo su mejor amigo se despeñaba cientos de metros mas abajo chocando con grandes peñascos, rebotando como una pelota, rompiéndose en mil pedazos. Era como ver caer una bolsa de tripa de cerdo llena de sangre. El estómago le dio un vuelco y vomitó todo lo que tenía dentro.

Se había levantado algo de viento y Lobsang no podía para de moverse de un lado a otro. Entre los impulsos que se había dado intentando llegar a la pared y el pequeño balanceo que el viento le daba desde hacia un rato la cuerda había empezado a desgastarse con el roce con la cornisa. No sabía cuanto podría aguantar la cuerda por lo que el tiempo era su principal problema.

Agarrar la pared, agarrar la pared, agarrar la pared, agarrar la pared… estar colgado de aquella frágil cuerda era igual que estar muerto y estar apoyado en la pared que tenía a escasos metros delante de él significaba la posibilidad de vivir algo más.

El hombro palpitaba con fuerza, notaba con claridad todo el recorrido del dolor a través del hombro, subiendo por el cuello y aplastándole la cabeza. Tenía la sensación de tener un brazo que pesara doscientos kilos, pesaba tanto que le iba a arrancar medio cuerpo. Tenía un trozo de carne totalmente inútil colgándole de un costado, y con un brazo así cómo iba a bajar lo que habían tardado días en subir, era absurdo… estaba muerto. Aunque alcanzara la dichosa pared eso no le serviría de nada. La diosa montaña era ahora la dueña de su vida igual que lo había sido de la de Deihab.

La cuerda se estaba deshilachando lentamente, Lobsang pendía de una cuerda mas fina a cada momento. Buscó el cuchillo para poner fin a tan desagradable situación, se echó la mano a la espalda pero no llegaba al bolsillo de la mochila, tenía que quitársela. Apretando los dientes por el dolor desabrochó el tirante izquierdo de su mochila, agarró el tirante derecho y lo sacó del hombro, apretó la mano con fuerza y tiró para ponerse la mochila delante. La cuerda era ya casi la mitad de gruesa que en un principio y seguía desenrollándose un hilo tras otro. Por mas que tiraba no conseguía quitarse la mochila de la espalda, estaba enganchada con la cuerda y por mas que tirase no podría desengancharla a no ser que cortase la cuerda.

¡Aaaaaaaaaaah!

Gritó a la vez que pataleaba y daba fuertes tirones desesperado, hundido, incrédulo, desequilibrado al borde de la locura mas absoluta. Quería morir, quería vivir, quería salir de allí como fuera daba igual cómo, no lo aguantaba más, vivir o morir daba igual lo único que buscaba era poner fin a aquello.

La cuerda no aguantó más y se dividió en dos. Con el movimiento que le había dado el viento mientras estuvo colgado la caída fue distinta que la de Deihab acercándose cada vez más a la pared. No solo veía como se acercaba el lejano suelo sino que además la pared que tanto anheló minutos antes se acercaba peligrosamente. Chocó varias veces con esta, primero lo hizo con una rodilla y mas tarde con la parte de atrás de la cabeza. Los golpes se repitieron y el dolor empezó a llenarle el cuerpo entero penetrando hasta dentro. Con cada golpe le llegaba un fuerte olor a carbón y se le apagaba la vista durante un instante, cuando los golpes se empalmaron unos con otros Lobsang perdió el conocimiento y siguió su viaje hacía el nivel del mar.

Lobsang abrió los ojos muy lentamente, le escocían, los tenía llenos de sangre. No vio nada pero los dejó abiertos, se preguntaba si estaría dormido, despierto, vivo o muerto. No sentía nada a excepción del picor de ojos y un frío helador en la nariz, el resto del cuerpo lo tenía insensibilizado, tampoco veía pero sin embargo podía escuchar a la montaña que le hablaba a través del viento que resbalaba por entre las peñas. Minutos mas tarde se dio cuenta de que era de noche y poco después comenzó a sentir pero muy tenuemente la roca sobre la que estaba tirado contra un lado de la cara, debía de haber parado su caía al topar con algún saliente. No se lo podía creer había caído al vacío desde las cordillera del Himalaya y seguía vivo. Quizás Deihab había corrido su misma suerte, esperaba que no fuera así, era mejor estar muerto que ser un trozo de carne sanguinolenta a mitad de camino entre la Tierra y las estrellas. La sangre que tenía todavía en los ojos estaba empezando a congelarse. Respiraba con tanta dificultad que pronto dejaría de hacerlo.

Y así esperó Lobsang a la muerte. En paz, con el mayor respeto que nunca había sentido por los dioses del universo que le habían ofrecido su morada como lecho de muerte.

Y allí quedó, formando parte él también de una montaña que nadie se atrevería a escalar jamás.

Febrero 1996

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