La tormenta de árboles

La pérgola de acero estaba vieja y oxidada, el sol y la lluvia la habían golpeado durante años y a pesar de ser tan robusta y fuerte como el primer día, su aspecto no le hacía justicia. Se sujetaba sobre cuatro pilares de hormigón que soportaban todo el peso de las vigas. Daniel pendía del arnés pasado a través de una de las vigas y agarraba con firmeza de un extremo de la malla metálica. Pasó el último mosquetón por el anclaje soldado a la viga y le hizo una señal a Eva con el brazo. Desde el jardín, al otro lado, Eva tiraba del tensor que fijaba la malla al suelo.

—¡Ya está!— gritó Eva mientras empapaba la manga de su camisa de sudor.

—Perfecto, ahora bájame por favor. — Le respondió él mientras le sonreía.

Eva sujetó a su marido pasándose la cuerda por detrás de la espalda y Daniel hizo lo suyo para llegar rápidamente hasta el suelo. Allí se besaron y dieron unos pasos hacia atrás para poder tener una perspectiva completa de la pérgola entera cubriendo la casa. Se levantaba doce metros desde el suelo y sobre ella decenas de cuerdas de hierro tensado la cruzaban de punta a punta, sin orden ni medidas, tejiendo una extraña estructura. Daniel y Eva habían trabajado durante una semana y media para poder cubrirla entera con el entramado de metal. La pérgola siempre había estado allí, como en cada casa del pueblo. Toda esa trama metálica le daba un aspecto avieso a la casa que se escondía debajo de la enorme estructura, daba la sensación de que habían construido su propia jaula, una enorme jaula de hierro y acero donde confinar su presente y su futuro. A Eva, al ver en qué habían transformado su hogar, se le erizó el bello de la nuca y apretó con fuerza la mano de Daniel que permanecía mudo asustado por la visión.

—¿Crees que resistirá? — preguntó Eva.

—Eso espero —respondió él achuchándose contra ella—. Esta casa ya ha sobrevivido a una lluvia de árboles, no te preocupes… aguantará.

Eva nunca había vivido una lluvia de árboles; solo se daban en los países nórdicos y en los veranos secos, en los muy, muy secos. Los meteorólogos aseguraban que se produciría en los próximos días y a medida que pasaba el tiempo las pruebas eran cada vez más concluyentes. La última lluvia había tenido lugar catorce años atrás y había durado tres días con sus tres noches. A pesar de las medidas que se tomaron, treinta y dos personas murieron en Noruega y trescientas diez resultaron heridas, pero solo unas pocas casas se perdieron. Hacía siglos que las viviendas estaban preparadas para este fenómeno meteorológico, sin embargo como el día exacto no podía predecirse, siempre había que lamentar las muertes de aquellos a los que la suerte había abandonado. Se tardó más de tres meses en reparar y limpiar las consecuencias y durante los siguientes tres años hubo madera gratis en las casas para calentar todo el invierno. A pesar de todo lo que le había explicado Daniel durante los años, Eva estaba aterrorizada y al ver su casa convertida en un búnker se dio cuenta de que el día que había temido durante tanto tiempo estaba llamando a la puerta.

Eva arrastraba una pesada mesa de madera por el jardín, dejando profundos surcos en la hierba. A sólo unos metros delante de ella podía verse la puerta de salida del sótano tumbada en el suelo. Todas las casas estaban provistas de un sótano al que se accedía desde la cocina, pero algunos de ellos tenían una salida de emergencia que llevaba al exterior de la casa a través de un túnel excavado bajo ella, así en caso de que la casa se derrumbase se podía salir de él. A Eva se le había metido en la cabeza la idea de que en caso de que la casa cayera bajo la lluvia, cabía la posibilidad de que la salida de emergencia del sótano también quedara bloqueada, así que había decidido poner la mesa del jardín sobre la trampilla a modo de barrera. La mesa era de madera de roble maciza y era posible que aguantase la caída de un árbol sobre ella, pero una lluvia de varios días podía convertir la mesa en serrín. Afortunadamente los árboles no caían incansables durante toda la tormenta, ya que las lluvias eran intermitentes, y las rachas más fuertes sólo duraban unos minutos, tras ellas podían pasar horas de calma para luego volver a llover. Eva creyó que nada de lo que hiciera sería inútil. Mientras colocaba la mesa sobre la trampilla Daniel bajaba las últimas cajas de alimentos al sótano.

Eva, tras lavarse las manos en el fregadero, asomó la cabeza por la trampilla de la cocina.

—Cariño, ¿tendremos suficiente agua? Estoy pensando en ir a comprar más al pueblo, no vaya a ser que nos quedemos cortos— vociferó al hueco de la escalera.

Daniel se acercó y la miró con ojos apacibles tratando de calmarla.

—Si, hay suficiente, no te preocupes, de verdad —respondió—. Seguramente cuando salgamos nos sobren cientos de litros, ya verás.

Un estruendo metálico hizo que Eva diese un respingo. Tras el primer golpe se oyeron los destellos de los cables vibrando contra la madera seca y las hojas gastadas. Cuando parecía que el sonido había cesado Eva escuchó un millar de moscas de aluminio volando entre la maleza, después un instante de viento cortado y el árbol que había hecho que Eva se estremeciera cayó al suelo frente a la ventana de la cocina tras haber rodado por la empinada pérgola.

—¡Corre! —le gritó Daniel desde abajo—. Rápido, deja eso. — Insistió mientras subía las escaleras en su busca.

Eva estaba bajando las persianas mientras los fuertes golpes de los árboles que empezaban a caer, se encargaban de inyectar adrenalina en su torrente sanguíneo. Daniel la cogió de la muñeca y de un tirón la llevó hasta las escaleras. Las bajó en dos zancadas y a punto estuvo de aterrizar con la cara. Daniel cerró tras de si la puerta del sótano y corrió junto a ella. La abrazó con fuerza y el miedo les hizo sentarse en el suelo.

—No te preocupes —le susurró al oído—, ya estamos a salvo.

Eva respiraba agitadamente y no soltaba a Daniel que pese a haber vivido dos lluvias anteriores estaba más asustado que ella.

La lluvia empezó amable, dejando caer un árbol aquí y otro allá, sin prisa ni acumulación. Se oía un reventón de madera solitario sobre la carretera y a los pocos segundos otro más mullido sobre el césped del vecino. A los crujidos de la madera al estallar venían acompañándolos el revoloteo de las hojas, algunas cayendo solas y muchas otras aún sin arrancar de las ramas, como docenas de cubos de agua arrojados desde el balcón a destiempo. En la calle, el ruido además de atronador era caótico y heterogéneo, no había un instante igual a otro, la orquesta interpretaba sin director y los instrumentos chocaban entre si desafinando, astillando el sonido. El sótano estaba a varios metros bajo tierra y el sonido allí era mucho más tenue, lo suficiente como para poder mantener la cordura unos cuantos días. Sin embargo cuando los árboles chocaban contra la pérgola el ruido era mucho más potente y retumbaba por todas partes.

—¿Cómo sabremos cuando ha terminado? —le preguntó Eva a Daniel mirándole con preocupación— ¿Cuánto durará?

—Pongamos la televisión— Respondió levantándose. Conecto el televisor y los dos se sentaron en el sofá. En todos los canales solo se hablaba del comienzo de la tormenta, tuvieron que subir bastante el volumen para poder entender algo. Entrevistas a científicos, reportajes de lluvias anteriores, imágenes en directo de diferentes puntos del país, y vistas satélite de la tormenta.

—Mira —avisó Eva señalando el gráfico que aparecía en pantalla con el dedo—. Dicen que esta será mas corta que la del noventa y cinco.

—Si, a ver si es verdad —asintió—. Además está siendo muy suave, esperemos que se mantenga así.

—Te quiero —dijo ella cogiéndole la cara con las manos—. ¿Lo sabes verdad?

Esa noche fue la más larga que Eva vivió en toda su vida, varias veces pensó en su muerte y la saboreó más cerca de lo que nunca lo había hecho. Se sorprendió con la serenidad con que se lo había tomado, y sin saber cómo, hubo un momento en el que se quedó dormida.

—Buenos días —Le susurró Daniel a Eva en el oído—. ¿Has conseguido dormir algo? — Le apartó el pelo de la cara.

—Hola —murmuró—. Creo que si, pero muy poco, cuando dejaban de caer creo que había momentos en que me quedaba dormida, ¿y tu?

—Si, me quedé dormido después de la tercera oleada después de meternos en la cama —Se incorporó desperezándose—. Voy a hacer el café.

—Ahora caen más que ayer —dijo mirando con miedo hacía arriba—. ¿Crees que habrá caído alguno encima de la casa? Se oyen tan fuertes ahora… —Se levantó y se sentó en la mesa adormilada aún.

—Si, la verdad es que ahora la lluvia es más fuerte. No creo que hayan atravesado la pérgola, pero de todas maneras no podemos hacer nada, solo esperar a que termine.—La cafetera comenzó a escupir café humeante.

Eva encendió el televisor. Fuera los árboles que caían eran cada vez más verdes y más difíciles de romper. Ahora los daños serían más graves que los del día anterior. Daniel lo sabía, pero no le dijo nada, aunque el sonido tierno de los choques delataba que algo había cambiado, ahora los árboles rebotaban más entre ellos y contra el suelo y los golpes se triplicaban. Los primeros en caer el día anterior estaban hechos añicos y había creado una gruesa capa de astillas y serrín que lo cubría todo. Fue cuando en la televisión estaban advirtiendo a los telespectadores de que no salieran entre oleada y oleada cuando empezó a caer más fuerte que nunca. Los tambores redoblaron sobre la casa, se sentían incluso en las paredes del sótano. El suelo retumbaba profundo y sin saber por qué Eva imaginó a los romanos divisando desde el frente el polvo levantado por el ejército de Atila.

Eva había decidido que no podía soportar el terrible sonido de la lluvia y se había puesto unos tapones de gomaespuma, que no conseguían aislarla completamente de lo que ocurría fuera, pero al menos consiguieron tranquilizarla temporalmente. Dos horas después aún caía algún que otro árbol en la lejanía y los latigazos de los cables chirriaban sobre la casa. Eva Jugaba tumbada en la cama a recorrer con la vista las paredes del sótano, una y otra vez descubriendo en cada pasada algo nuevo. Mientras Daniel intentaba leer un libro, pero hacía ya un buen rato que no pasaba página., de vez en cuando levantaba la vista y comprobaba que Eva estaba bien, entonces volvía a zambullirse en su lectura cíclica.

—Nunca había visto esa sierra —dijo ella quitándose los tapones—. ¿Es tuya? — Preguntó señalando una motosierra colgada en un rincón tras la cocinilla.

—La compré el otro día…— Prefirió no dar más explicaciones.

—¿Para qué? Me dijiste que el ayuntamiento se encargaba de recoger toda la madera y distribuirla entre los vecinos. — Afirmó extrañada.

—Bueno…—respondió resignado— Puede que tengamos que usarla para salir de casa cuando la tormenta termine.

Eva se quedó mirándole en silencio, comprendió entonces que la situación era más dramática de lo que había imaginado y la menté se le ensució con pensamientos tétricos. Se imaginó ayudando a Daniel a cortar kilos y kilos de madera para poder salir de la casa, bajo la amenaza constante de toneladas de árboles a punto de derrumbarse sobre ellos. Imaginó mil y una muertes, diferentes pero con el mismo final, lento y doloroso.

Cayó la noche, y esta vez lo hizo en silencio. La televisión no funcionaba, seguramente el tendido de la antena se había averiado y solo recogían nieve al intentar sintonizar los canales. Fuera, ni siquiera se escuchaban los ladridos apagados de los perros que el día anterior se oían a lo lejos. Eva buscaba afinando el oído, el sonido de algún helicóptero, alguna sirena o alguna motosierra abriéndose paso, pero fracasó y lo único que pudo distinguir fue el constante crujir de la pérgola sobre ellos. Habían terminado de cenar, aunque ella apenas había probado bocado y Daniel preparaba la cama para irse a dormir. Eva pensó que Daniel parecía mucho más tranquilo que la noche anterior y eso le hizo dejar de lado sus oscuras reflexiones durante un rato. Se acercó a él y le abrazó con fuerza, apoyando la cabeza sobre su hombro.

—Creo que ya ha terminado—le susurró a Eva al oído.

—¿Tú crees?—preguntó levantando la cabeza y dedicándole una esperanzada mirada.

—¿No te has dado cuenta? Hace por lo menos cuatro horas que no cae un árbol—sonrió.

—¿Tanto hace?—frunció el ceño.

Pensó que si era verdad lo que Daniel decía, se le debían de haber estado repitiendo los sonidos de la lluvia en su cabeza durante horas. Pensó que el tiempo pasaba más deprisa ahora y que el final estaba por fin a su alcance.

—Si, más o menos—le besó en la sien—. No creo que vayan a caer más, pero por si acaso durmamos aquí esta noche, prefiero salir con la luz del sol.

Se metieron en la cama y no se soltaron en toda la noche, durmieron apretados el uno contra el otro deseando que todo hubiera pasado al despertar. Y a la mañana siguiente Eva pudo admirar con ojos incrédulos, paisajes de otro planeta, inimaginables para alguien que nunca hubiera vivido una lluvia de árboles. Visión indescriptible que golpeó su cabeza como un mazo; imágenes que se quedarían intactas en su memoria hasta el día de su muerte.

Mayo 2011

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