II Reunión – 2

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 El edificio era imponente, sus ochocientos veintiocho metros de altura lo habían coronado como el edificio más alto del planeta, y doce años después seguía reinando. En su construcción habían trabajado más de doce mil obreros durante siete largos años. La fachada del edificio estaba construida en acero y cristal de cuarzo, y se elevaba en forma de enormes cilindros que constituían los diferentes sectores. Todos ellos crecían en torno a un gran cilindro central que era el corazón de la edificación. Cada sector era de diferente altura, los cilindros más bajos se alzaban hasta los ochenta metros y los más altos se elevaban más de trescientos metros sobre los anteriores. Se habían construido unos encima de los otros, apilándose hasta el cenit de la torre, en donde un único y último cilindro completamente forrado de cristal culminaba la mayor obra concebida por el hombre.

El observador enseguida perdía la noción de las distancias, parecía un montaje desproporcionado en el que algo fallaba. Para poder ver el edificio de un solo vistazo había que hacerlo alejándose al menos setecientos metros de él. Hacerlo desde una posición más cercana obligaba al incrédulo espectador a elevar la cabeza para poder verlo entero.

Su estructura irregular lo hacía diferente al cambiar el punto de vista desde el que se lo mirara. No existían dos puntos desde los que el edificio tuviera el mismo aspecto. Desde lejos, observando el edificio en su totalidad, el observador tenía la sensación de estar mirando un enorme cristal de cuarzo caído desde el cielo. Fue por esto que el día que se inauguró se le bautizó con el nombre de Ciudad Quartz.

Una ciudad contenida en un edificio, se había leído en un periódico nacional. La ciudad en la ciudad, rezaba otro. La ciudad vertical, titulaba un tercero. Sin duda, durante años fue el tema de conversación de los nativos, y desde su inauguración se convirtió en destino obligado para turistas de todo el mundo.

A pesar de las gigantescas proporciones de la torre, ésta no albergaba viviendas en su interior; estaba destinada a concentrar miles de oficinas, centros comerciales, jardines climatizados, bastas zonas de ocio, hoteles, restaurantes, cines, un teatro, salones de actos, balnearios, centros de investigación, laboratorios, guarderías, dos cadenas de televisión, supermercados, tres mil plazas de aparcamiento y todo aquello que una gran metrópoli pudiera echar en falta. Ofrecía todos los servicios que las personas que allí trabajaban a diario pudieran necesitar. Uno podía salir del trabajo y pasar el resto del día sin abandonar el edificio. No había necesidad de desplazarse largas distancias entre el agobiante tráfico o el metro, siempre atestado de gente. Parecía una idea un tanto alienante el hecho pasar allí catorce o más horas diarias, pero la realidad demostró que era lo más cómodo. Unos salían a tomar algo con sus compañeros de trabajo a un bar o un pub. Otros quedaban con sus parejas, que también trabajaban allí e iban al cine. Otros hacían la compra varios pisos por debajo de su oficina, y luego era el propio supermercado el encargado de llevarles el pedido a casa. Le hacía la vida más cómoda a la gente, y la gente se hacía a su vez más cómoda al descubrir que allí dentro lo tenían todo.

La Ciudad Quartz era completamente autónoma, se había convertido en el motor económico de la provincia, generando más de veinte mil puestos de trabajo. En menos de una década la ciudad había cambiado tanto como en los últimos treinta y cinco años, y su población se había triplicado. Las consecuencias de su construcción se extendían como las raíces de un árbol.

Los días muy calurosos los cristales de cuarzo acumulaban el calor de las horas de luz, y durante la noche se iluminaban débilmente con una tenue incandescencia blanquecina que lo hacía vibrar sobre el cielo estrellado. No había un espectáculo igual.

Rais salió del vagón de metro cuando éste hizo su parada en la estación Quartz sur, miró la señalización del andén y se dirigió hacia la salida rotulada con Ciudad Quartz, ala sur. La estación de metro estaba dentro del sótano tres de la torre, pero Rais no tuvo la sensación de encontrarse dentro de un edificio. El techo estaba a muchos metros de altura, y el primer nivel era tan extenso que uno podía perderse allí fácilmente sin encontrar la salida al exterior.

Permaneció de pie un momento, estupefacta, un poco abrumada por la colosal estancia, miraba en derredor buscando algún indicio de la dirección que debía tomar. Dirigió la vista hacia arriba y observó con estupor cómo flotaban sobre ella tres gigantescas islas ajardinadas unidas al resto del edificio por unas amplias pasarelas por las que paseaba la gente, el techo aún quedaba muy por encima. De la vegetación de los jardines flotantes caía suavemente agua vaporizada, que, junto con el aire climatizado que allí se respiraba, se encargaban de combatir el asfixiante calor de junio.

Tras algunas vueltas y varios momentos de desorientación, al fin logró distinguir un punto luminoso amarillo con una resplandeciente i entre el enjambre de letreros, escaparates y escaleras mecánicas.

Se acercó al cartel iluminado. Junto a él, varias pantallas interactivas formaban un círculo donde los transeúntes podían obtener información acerca de la torre y los servicios que se ofrecían. Escribió algo en una de las pantallas táctiles y en enseguida aparecieron decenas de resultados. Leyó con atención durante un rato, y al no encontrar lo que buscaba metió la mano en su bolso. Sacó una pequeña libreta donde tenía apuntadas unas señas que fue cotejando con los resultados que mostraba la pantalla. Una vez hubo encontrado la dirección, la pulsó con el dedo índice. Tras el cristal apareció un plano indicando su posición y la de su destino en la Torre, y debajo escrito en letras grandes:

Sala 21, piso 76, Ala sur, ascensores 16 a 32. MEVAM Inc.

Escribió algo en su libreta y la guardó. Miró por encima de su hombro, se estiró la chaqueta del traje con un par de tirones secos, se pasó la mano con rapidez por la falda varias veces manteniendo virgen el planchado, y una vez se sintió dispuesta se encaminó con paso firme hacía el ala sur, subida en finos tacones.

Siempre había atraído la atención de los hombres cuando se ponía esos zapatos. En realidad cualquier zapato de tacón alto le daba un aspecto de lo más atractivo. Desplegaba un caminar muy sinuoso, y sus curvas se marcaban con elegancia bajo la tela del traje gris. El pelo lacio cayendo sobre las hombreras de la chaqueta ponía el punto y final de una figura tremendamente femenina, que no pasaba desapercibida entre los transeúntes. Su reducida estatura, lejos de mermar su atractivo, la hacía de lo más deliciosa, y así la habían calificado en más de una ocasión. Deliciosa.

El ascensor era muy amplio, con capacidad para veinte personas. Disponía de un moderno panel de control, un teléfono y varios asientos plegables fijados a una de las paredes. Rais pidió permiso para abrirse paso hasta el panel y pulsó el botón del piso setenta y seis, que estaba apagado. El ascensor hizo su trayecto con sus respectivas paradas en poco más de cuarenta segundos, lo que impresionó profundamente a Rais. Después de salir del ascensor y cruzar un larguísimo pasillo repleto de indicaciones, al fin cruzó el umbral de una puerta sobre la que podía leerse: Sala 21. A pocos metros de la entrada había un mostrador, tras el que permanecía alerta una joven con el pelo recogido en un complicado moño que dejaba el cuello a la vista.

Rais acercó y sacó de su bolso un sobre.

—Buenos días —dijo en tono tranquilo—. Tengo una entrevista con la señorita Claire, tenía cita a las nueve —aseguró mientras le entregaba el sobre a la recepcionista.

La joven del aparatoso peinado abrió el sobre y leyó con detenimiento la carta que había dentro, luego tecleó algo en el ordenador y esperó unos segundos. De una pequeña rendija perfectamente camuflada en el mostrador surgió una tarjeta de plástico.

—De acuerdo —confirmó. Le devolvió el sobre con la carta, y junto a éste le entregó la tarjeta con su nombre escrito en ella; por la parte de atrás llevaba sujeto un imperdible magnético.

—Por favor, póngaselo en un lugar visible. Pase a esa habitación y espere un momento, por favor. En seguida le atenderán —anunció, indicándole la puerta correcta con la mirada.

Cuando Rais entró en la sala de espera con la tarjeta sobre la solapa de la chaqueta, Daniella ya estaba allí. Llevaba una placa como la suya. Estaba sentada frente a un hombre de unos treinta años que exhibía un espectacular afeitado sobre su apretada corbata.

Sesseg era el nombre que se leía en su tarjeta. Esperaba con los antebrazos apoyados sobre las rodillas, y sus dedos jugaban a repasar los bordes del sobre que sostenía. Vestía un traje discreto, gris, con ligeras rayas de gris más claro. Lucía una abundante cabellera que, a juzgar por el peinado, parecía difícil de dominar. Pero, a pesar de la rebeldía de su pelo, no parecía desaliñado. Su gesto era cuanto menos tranquilizador, y Rais, al verlo, no se sintió capaz de ser la candidata más carismática de todos los aspirantes si él era uno de ellos.

Sesseg parecía una de esas personas de las que era difícil asegurar su edad con una simple mirada. Incluso con un análisis más profundo era muy complicado concretar un rango de cinco o seis años sin equivocarse, y seguramente fuera aquello parte de su poderoso atractivo, pensó Rais.

Al oírla entrar, Sesseg levantó la vista y la saludó. Al instante Daniella hizo lo mismo, y Rais devolvió el saludo descubriendo una tímida sonrisa. Se sentó frente a Sesseg, junto a Daniella, dejando un asiento libre entre las dos. Enseguida notó el agradable aroma de la colonia de Sesseg que llegaba con suavidad hasta ella. Al observarlo mientras percibía esa fragancia tan agradable se dio cuenta de que era aún más atractivo de lo que había pensado en un primer momento. Se descubrió a sí misma imaginando cómo sería intercambiar unas palabras con él, pero en seguida su timidez la devolvió a la realidad.

Pasados tres minutos eran siete las personas que esperaban ,algunos más pacientemente que otros, en la fría sala de espera.

Una puerta se abrió, y tras ella apareció una joven de aspecto impecable. Sostenía un portafolios y en su chaqueta llevaba una chapa de identificación.

—Buenos días, soy Claire Verill —anunció—. Pasen por favor.

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