Origen 01

El joven Nidhi llegó sofocado, perseguido por una serpenteante polvareda que se elevaba en el camino. El sudor se secaba en seguida sobre su piel formando una fina capa de barro. La ropa y las sandalias habían olvidado el color de sus tejidos y parecían todas del mismo beige canela.

—¡Profesor… profesor! —voceó el muchacho desde lejos tratando de coger aire.

El profesor Chandra arqueaba la espalda sobre una pila de libros, tomando notas en una pequeña libreta. Sobre la mesa, la brisa vespertina arremolinaba con delicadeza la arena que el desierto se dejaba arrancar. Los granos eran tan finos que no había lugar en el campamento a salvo de invasión. Vivir entre polvo y arena se había convertido en algo habitual. Incluso masticar la comida y rechinar algún que otro bocado era algo de lo que ya nadie se sorprendía. La vida en el desierto no era plato de buen gusto para ninguno de los estudiantes, aunque muchos de ellos, procedentes de zonas rurales, estaban acostumbrados. La única excepción parecía ser el doctor Chandra, que amaba tanto su trabajo que la hosquedad del clima parecía no afectarle en absoluto. Nadie escuchó jamás una queja suya referente al calor, las quemaduras provocadas por el sol, las precarias condiciones en las que tenían que vivir en el yacimiento, o la suciedad permanente de la que era imposible escapar. Cuando llegaban tras el atardecer al hotel, una ducha no bastaba para eliminar toda la arena del cuerpo. Siempre quedaba algo escondido en los pliegues de las orejas o incluso entre las raíces del pelo. Las manos y los pies, tras unos días de duro trabajo, quedaban agrietadas y resecas. El viento y el sol curtían la cara, los brazos y las piernas, y en poco tiempo la piel se endurecía como el cuero. Los toldos no evitaban las huellas que el clima dejaba sobre los arqueólogos, simplemente hacían que el trabajo fuera posible; era una cuestión puramente funcional. Sin la presencia constante de una sombra sobre la que pasar las horas, el trabajo no podría llevarse a cabo.

—Profesor —repitió el estudiante posando con delicadeza la mano sobre el hombro de su maestro. Una vez el otro hubo percibido su presencia, Nidhi espero paciente a que saliera sin sobresaltos de las profundidades de sus pensamientos. Entonces continuó—. Hemos encontrado más tablillas —le clavó la mirada tratando de contagiarle la excitación—. Puede que finalmente sí nos hayamos topado con una biblioteca, estamos sacando varias a la vez.

El profesor señaló su lectura con el índice, que quedó inmóvil marcando el lugar. Luego levantó la mirada por encima de las gafas y escrutó la expresión de su alumno, visiblemente agitado. Repasó algunas ideas, traspasando los ojos de él con la mirada, como si las buscara en su interior. Levantó el índice de la libreta sobre la que estaba tomando notas y pasó algunas páginas. Leyó a través de las gafas llenas de polvo.

—¿Han aparecido todas en el mismo cuadrante?

—No, en dos diferente, pero consecutivos… —hizo una pausa. Se llevó un dedo a la boca y perdió la mirada en algún lugar del infinito—. Lo siento profesor, con los nervios he olvidado anotar las coordenadas.

—No te preocupes —respondió. Continuó leyendo sus apuntes en silencio durante un rato. Asintió varias veces sin darse cuenta de lo que delataban sus pensamientos—. ¿Todas son legibles?

—Si profesor, todas ellas.

—¿Y están enteras o están fragmentadas?

—De una pieza, profesor. Se han conservado muy bien. Parece que las hubieran estado guardando para nosotros —esbozó una inocente sonrisa.

—Vamos —ordenó Mishka mientras se levantaba. Cogió su gorro y lo sacudió con fuerza sobre sus delgados muslos para limpiar el tapa nucas de arena y polvo. Se lo colocó con un gesto familiar cubriendo su cabellera plateada, y marcharon hacía la zona de excavación.

Dejaron atrás la carpa principal, emplazamiento que utilizaban para descansar, comer y clasificar los hallazgos. Era también el primer lugar al que llegaban por la mañana y el último que visitaban antes de volver a la ciudad. Y por supuesto era bajo ese enorme toldo donde pasaban las noches cuando el clima lo permitía y la agenda de trabajo lo obligaba. Un remolque, guarecido del sol, guardaba la comida y la bebida. Varias tablas apoyadas sobre caballetes servían de apoyo a varios instrumentos de medición, herramientas de excavación, libros, documentación y un par de portátiles, alimentados por una batería de coche. Otro remolque tapado con una lona guardaba los sacos de dormir, las mudas, dos jarapas grandes y algunos cojines. La mesa del profesor y algunas sillas desperdigadas aquí y allí terminaban de componer el refugio de los arqueólogos.

El camino hacia la zona de excavación zigzagueaba para sortear las diferentes terrazas, excavadas durante décadas, que llevaban al nivel más profundo del yacimiento. Tras más de ciento cincuenta años de excavaciones en la misma zona el desplazamiento de un lugar a otro se hacía complicado debido a la orografía del terreno. Actualmente el equipo del profesor Mishka Chandra era el único trabajando en Tell Abu Shahrein. Y para los estudiantes era un honor poder realizar sus prácticas en uno de los yacimientos más importantes del mundo, del que incluso hoy en día se seguían extrayendo tesoros muy valiosos para la humanidad.

Nasiriyah, la ciudad más cercana al yacimiento de Tell Abu, había abierto las puertas de su nueva universidad, Thi Qar, sólo dos años antes, y no tenía especialidad de Historia. Las expediciones arqueológicas siempre provenían de ciudades lejanas. La decisión de no incluir la licenciatura de historia en la nueva universidad había levantado ampollas entre los catedráticos del país.  No se entendía como se dejaba de lado la historia, en una ciudad erigida en el corazón de la antigua sumeria, cuna de la civilización. Se decía que se había perdido la oportunidad de establecer un centro de investigación permanente en el yacimiento.

El equipo de excavación, de veintitrés personas, estaba formado en su mayoría por estudiantes de la universidad de Bagdad. El profesor Chandra y su alumno aventajado Nidhi eran los únicos miembros que no eran iraquíes, ambos habían nacido en la India. Mishka Chandra y Ra’id Abdul-Ridha Mohamed eran profesores de historia y arqueología, cada uno en sus respectivas universidades, pero ambos compartían puesto y responsabilidad en el museo nacional de Irak. El profesor Chandra, una eminencia en arqueología sumeria, dirigía el departamento de arqueología de la universidad de Calcuta y era miembro honorífico del museo nacional de Irak, donde era siempre bienvenido y muy admirado. Eran viejos conocidos, y juntos habían recorrido los cinco continentes en numerosas expediciones arqueológicas. Aunque la mayor parte del tiempo que habían pasado trabajando juntos lo habían hecho en Irak. Allí los numerosos yacimientos, que durante años habían sido explotados, ofrecían riquezas para la cultura y el conocimiento de la humanidad, como en ninguna otra parte del planeta.

Ésta era la primera vez que Nidhi Shuari acompañaba al profesor Chandra a Irak, y la excitación que esa experiencia le producía podía distinguirse en cada uno de sus movimientos. Pertenecía a una de las familias más ricas de la India. Era un apasionado de la historia mesoamericana, y había perseguido con insistencia a su profesor de arqueología en la universidad de Calcuta desde los primeros años de facultad. Era un excelente estudiante, y no tardó en conseguir un puesto en el departamento de arqueología de la facultad de Historia, en Calcuta. Clasificaba y databa restos arqueológicos de diferentes procedencias. No era un trabajo en absoluto estimulante, ya que se trataba de una tarea de administración de fichero, sin embargo para Nidhi era una actividad apasionante, con la que podía viajar al pasado observando y manipulando las piezas en sus manos. No podía evitar imaginar el momento, en el que, lejanos artesanos de tiempos inmemoriales trabajaban el barro, la piedra o el metal, para elaborar los objetos de la vida cotidiana de entonces. Muchas veces la eficacia en sus tareas mermaba, debido al tiempo que pasaba observando en detalle las piezas, y fantaseando con ellas entre sus manos. A pesar de todo, y fruto de su perseverancia y trabajo duro, con el tiempo, se ganó la confianza de Mishka, quien por supuesto reparó en sus ansias de investigación y aprendizaje.

En cuarto curso, el profesor Chandra le ofreció un puesto en su equipo arqueológico para ir a excavar al yacimiento de Pilak, a unos seiscientos cincuenta kilómetros de Calcuta. Un viaje en el que tendrían que atravesar Bangladesh, de oeste a este, para llegar a uno de los lugares de peregrinación religiosa más importantes de la India. Aquella experiencia le cambió la vida por completo. Nidhi, siempre tuvo clara su pasión por la historia, la arqueología, la investigación de tantos y tantos misterios cubiertos por el tiempo. Sin embargo, una vez se encontró arrodillado sobre la tierra, buscando con delicadeza los tesoros que se escondían bajo sus pies, supo de inmediato que aquella era la vida que quería vivir. Contaría una y otra vez la aventura de cómo encontró su primer resto arqueológico, precisamente en el yacimiento de Pilak.

Llevaban dos semanas excavando en agotadoras jornadas de más de diez horas, cuando una tarde, algo más duro que la tierra que extraía, se topó con su pico. En cuanto lo notó dejó la herramienta, y empezó a dibujar su contorno con los dedos apartando los trozos de tierra más sueltos apresuradamente. Volvió a utilizar el pico para liberar espacio alrededor de la pieza. Era difícil dominar la fuerza de los golpes, hechizado por el entusiasmo que le empujaba sin cesar. Usando una pica más pequeña hizo el trabajo más fino, hasta que el objeto, aún difícil de identificar, pareció soltarse del lugar que lo había guardado durante siglos. Era una pieza pequeña, cuadrada, de no más de cinco centímetros de lado. La tomó entre sus dedos, y con la brocha quitó con cuidado la tierra incrustada en sus relieves. Varios trazos marcados en la pieza de terracota asomaron primero por los bordes. Nidhi no podía creerlo, se trataba de un sello, o quizás el fragmento de una talla mayor. Los bordes parecían claramente delimitados, así que seguramente se tratarse de una pieza entera. Según iba desprendiéndose la tierra de la reliquia, se iba dibujando una figura. Aparecieron grandes curvas, formando un gran volumen en el centro. En la parte inferior varias líneas finas, casi paralelas. Sopló la pieza varias veces, pasando con agitación la brocha, justo después. Era un sello con una vaca tallada, no había duda en cuanto a la interpretación, era una vaca. Se levantó de un salto, con la pieza bien agarrada, gritando que había encontrado un antiguo sello. Aquella noche a penas durmió, imaginando todo lo que habría aún enterrado a pocos centímetros de la superficie. Su pasión había sido alimentada con un suculento bocado de realidad. Supo que ya nunca podría dejarlo. Su primer descubrimiento descansaba, un año después, en el archivo de la universidad de Calcuta, y no era el único que Nidhi había extraído de las entrañas de la Tierra.

 

Llegaron junto al lugar donde se habían extraído las tablillas. Las caras de los presentes se volvieron hacía el profesor, dibujando una sonrisa. El profesor Ra’id Abdul-Ridha se levantó sosteniendo una de las reliquias de arcilla en alto.

—Querido amigo —dijo alzando la voz con ese peculiar acento sibilante que siempre le acompañaba cuando hablaba en inglés—. Mira esto. Es pronto aún para decirlo, pero es posible que una biblioteca descanse bajo nuestros pies.

Mishka se acercó a él, mientras se acomodaba sobre la nariz las gafas que llevaba colgando del cuello. Tomó la tablilla entre sus manos, con la ternura de quien coge a un recién nacido, y pasó con delicadeza los dedos sobre las marcas talladas. Comenzó a leer, arropado por el silencio que sus compañeros le obsequiaron. Le miraban con expectación esperando recibir en cualquier momento algún indicio de lo que aquellas inscripciones decían. Ra’id era un experto en lengua sumeria, al igual que el profesor Chandra, pero al parecer, sobre el terreno, apenas había podido descifrar unas cuantas palabras sueltas. Las esperanzas se depositaron ahora en su colega y amigo. Pasados unos largos segundos éste levantó la vista, mudo. Ra’id sin intención de contener su excitación se abalanzó sobre él haciendo que ambos se fundieran en un emotivo abrazo. Mishka cogió con cariño a su compañero por la nuca, trayéndolo ligeramente hacia sí, y le ofreció una sincera sonrisa con la que no había nada más que decir. Muchos años de estudio, de excavaciones, de clasificación, de papeleos, de abandonar yacimientos durante largos periodos de tiempo por falta de fondos.

—¿Cuánto tiempo hacía que no encontrábamos escritos? —preguntó Mishka.

—Recuerdo alguna carta, contratos de compraventa y poco más, pero nunca antes extrajimos nada como esto. Tendremos que analizarlas con cuidado y proceder con la transcripción, su lectura no va a resultar fácil, está muy desgastada. —apuntó Ra’id.

—Si, tienes razón. Sólo he podido descifrar algunas palabras aquí y allá. No he conseguido hilar ni una sola frase. Cuando regresemos a Bagdad nos pondremos manos a la obra.

—Estoy impaciente, querido Mishka —confesó Ra’id exultante.

—Todo llegará, amigo mío, todo a su debido tiempo. ¿Dónde están las otras dos?

Nidhi, más ágil y fervoroso, se adelantó a los movimientos de Ra’id, cogió con cuidado las escrituras, y se las entregó a Mishka con una enorme sonrisa dibujada en la cara.

—¿Puede leerlo profesor? —preguntó en inglés, haciendo así partícipes tanto al profesor Abdul-Ridha como al resto de alumnos.

Nidhi siempre había hablado en hindi con Mishka, pero su estancia en Irak había cambiado un poco sus costumbres. Pocas veces estaban ellos dos solos, por lo que se habían habituado a hablar en inglés la mayor parte del tiempo.

—Veamos… —dijo casi para el cuello de su camisa, mientras soplaba con delicadeza sobre algunas marcas aún llenas de tierra.

Seguía la lenta lectura con el índice, a penas rozando la arcilla. El resto esperaba con educación sin interrumpir con más preguntas o comentarios. Ra’id intentaba leerlas de nuevo por encima del hombro de su colega, con el ceño fruncido por el esfuerzo.

—Vaya —exclamó con sorpresa Mishka—, éstas son aún más ilegibles —miró a Ra’id esperando su opinión.

—Con un poco de trabajo en el museo conseguiremos leerlas. Están en muy buen estado.

—Sí, tienes razón. Cuando Nishi ha llegado corriendo con la noticia imaginaba escritos hechos añicos. Cuando, más tarde, me ha dicho que las tablillas estaban íntegras nunca me imaginé que estarían tan bien conservadas.

—Nidhi, Jalil, limpiadlas con cuidado y embaladlas por favor —ordenó Ra’id.

Los alumnos obedecieron. El resto del equipo se dispersó. Cada uno siguió trabajando en su puesto con la silenciosa esperanza de hallar más textos sumerios.

 

Aquella tarde el ambiente que reinaba en el microbús que les llevaba de vuelta a la ciudad, era exultante. El murmullo fue constante durante todo el trayecto. Aunque el equipo estaba dividido en pequeños corrillos, todos hablaban de lo mismo. Mishka y Ra’id iban sentados en los dos primeros asientos, más callados que el resto, aunque no menos pensativos. El hindú perdía la mirada en el horizonte, disfrutando del paisaje del desierto. Esas vistas siempre le habían estimulado para imaginar el pasado. Éste, incluso surgía sin mayor esfuerzo, como el agua que rebosa una presa. De la arena, extendida hasta donde la vista podía alcanzar, brotaban las imágenes como los reflejos de las nubes en el mar. Ondulantes, sinuosas, enredadas en la bruma, pero tan presentes como el calor del sol. Tras los cristales veía elevarse las escarpadas aristas de las edificaciones más imponentes de Eridu. Imaginaba el mercado y los mercaderes, el puerto con la aguas agitadas por el tráfico naval, los jardines, exuberantes, el templo elevado, sobresaliendo entre los edificios de la ciudad. Los tonos pardos debían ser parecidos a los de la arena de hoy en día, destacando entre el azul del cielo y el verdor de sus árboles y palmeras. Una ciudad de otro tiempo, inimaginable para la mayoría de los contemporáneos. Quien mejor que uno de los más importantes arqueólogos e historiadores de la antigua Mesopotamia para dar vida y color a una ciudad que vivió hacía casi siete mil años. Mishka suspiró al dejar la ciudad atrás, enterrada bajo la arena, oculta pero presente.

—¿Sabes? —le dijo con voz templada Ra’id—. A pesar de este día tan agotador, de tantas horas de trabajo y de necesitar una cama más que otra cosa en el mundo. Lo que más me apetece ahora mismo el volver allí.

Mishka asintió con la mirada y las comisuras de los labios arquearon la boca ligeramente. Sabía perfectamente de lo que hablaba. Su vida, sus vidas, giraban en torno al pasado, a la historia, a una de las historias más antiguas a las que el hombre había pertenecido. Vivían para conocer, para descubrir lo que el tiempo había ocultado con tanto empeño. Nuestro origen, nuestro pasado, era el mayor de los desconocidos. Los hombres y mujeres de hoy en día vivían sus vidas ajenos a las incógnitas de su procedencia. La sociedad actual únicamente dirigía sus esfuerzos hacia el futuro, un futuro siempre inalcanzable, siempre irrealizable, siempre utópico. La búsqueda de metas cada vez más ajenas y más alejadas de la naturaleza del ser humano, mantenían al hombre libre de preguntas fundamentales, vacías de logros y riquezas. Esfuerzos para mantener viva la llama de la vida.

El profesor Chambra, su colega y también profesor Ra’id y el resto de alumnos que formaban el equipo de excavación eran otro tipo de personas, sin duda. Eran devoradores de incógnitas, buscadores de respuestas olvidadas. Seguramente sin ningún valor para la mayoría de las personas, pero necesarias y esenciales para ellos. Eran arqueólogos, mártires de los secretos olvidados, objetores de las ideas conformistas que arrastraban el mundo, exploradores de la verdad.

Media hora después entraron en Nasiriyah, mientras los últimos rayos del sol se colaban por las callejuelas más estrechas, estirando las sombras. Bordearon el río Éufrates hasta llegar al primer puente que les llevaba al centro de la ciudad. No había mucho tráfico, por lo que no tardaron en llegar al hotel. Tras una reconfortante ducha, el grupo se dispersó por las calles adyacentes en busca de una merecida cena. Eran pocas las ocasiones en que se reunía el equipo entero para comer o cenar. Aunque el primer y último día era costumbre ir todos en comitiva en busca de un lugar tranquilo donde alegrar el paladar y saciar el apetito. Luego las horas más oscuras de la noche les envolvía mientras debatían sobre civilizaciones pasadas y un sinfín de teorías al respecto.

Esta vez los alumnos se separaron en grupos. Unos fueron a reunirse con familiares que tenían en la ciudad, otros buscaron un puesto en la calle donde comer unos deliciosos masgoufs, de pescado recién traído del Tigris, y otros simplemente dieron un paseo antes de sentarse a cenar en el bar de cada noche, junto al hotel.

Mishka y Ra’id salieron a tomar un té con Nidhi y tres alumnos más. Al anochecer, la ciudad vivía su segundo despertar. La gente salía a la calle a pasear, tomar un té, un zumo de frutas o simplemente a charlar con los amigos. Caminaron por una calle ancha, luminosa, salpicada con las bocinas perdidas del tráfico constante. Los puestos de comida y bebida se agolpaban uno tras otro. Sólo eran interrumpidos por algún vendedor que exponía en la calle su puesto de productos de ferretería. Los exhibía perfectamente clasificados, ordenados sobre un improvisado mostrador de chapa. Junto a éste otro simpático vendedor ofrecía marcos para fotografías. Y un tercero, a su lado, hacía una demostración de la eficacia de sus encendedores con forma de revólver disparando sobre un dólar falso del tamaño de un libro. Luego encendía la llama y la sostenía en alto unos segundos mientras buscaba la mirada de algún transeúnte interesado en tan extravagante artículo.

Apoyado junto a la puerta de un bar de zumos, con demasiada iluminación como para resultar atractivo, un joven con turbante tocaba la flauta sin quitarse el cigarrillo de la comisura de los labios. Dos chicos bailaban junto a él, mientras se decían algo entre risas. Más allá una mujer vestida con una túnica negra, vendía refrescos sentada en la acera.

Alguien tocaba un saz al ritmo de las panderetas, apoyado en el quicio de la puerta de una tienda de instrumentos musicales. Las calles de Nasiriyah estaban permanentemente teñidas de música, casi siempre proveniente de músicos callejeros. Las notas y acordes de los instrumentos a menudo se mezclaban, con suavidad, con la música que llegaba lejana del interior de una tienda o restaurante. Mishka siempre pensó que, la omnipresencia musical, era la razón de que la mayoría de los rostros que veía al pasear, fueran a menudo acompañados de sonrisas.

Pasaron junto a un bar que exhibía en su escaparate un enorme asador de pollos a pleno rendimiento. Nidhi, embriagado por el hambre, detuvo sus pasos y se quedó allí, mirando a través del cristal salpicado de grasa. El fuerte aroma a especias animó al resto a adentrarse en el lugar y pedir una mesa.

El bar estaba casi completo, los clientes comían, bebían y parloteaban sin remilgo, alzando la voz. Nadie reparó en el singular grupo que formaban los profesores y sus alumnos, hablando en inglés con inusual pasión. Se sentaron en la mesa sin parar de intercambiar elucubraciones nacidas de sus más profundas fantasías. Encontrar escrituras tan antiguas en un nivel de la excavación totalmente nuevo daba para componer una infinidad de teorías y suposiciones. Y así esperaron que les atendiesen, absortos en su mundo, ajenos al resto de personas. Poco después los platos, rebosantes de pollo desmenuzado, verdura y patatas asadas, se sirvieron en la mesa. Se hizo el silencio.

Nidhi se inclinó sobre la comida y cerró los ojos para olfatear. Durante un largo rato nadie dijo nada. Las discusiones y debates podían esperar, había necesidades básicas que eran claramente prioritarias. Así que comieron en silencio ofreciendo a sus paladares y estómagos todo el placer que se merecían.

Una vez saciaron sus apetitos la conversación brotó de nuevo, con la fuerza que su contención había provocado.

—De todas maneras —continuó Mishka, retomando la conversación en el punto exacto en el que fue interrumpida por la llegada del banquete— nos estamos precipitando. Deberíamos ser más rigurosos y esperar a tener la traducción de los textos, antes de seguir llegando a conclusiones sin base.

—Tienes razón mi querido amigo —contestó Ra’id mientras terminaba de limpiarse con la servilleta—. Pero no puedes negar que la mayoría de palabras, que hemos podido leer esta mañana, están relacionadas con la astronomía. Había fragmentos que sin lugar a dudas hablaban de los astros y hacían referencia a días del calendario solar. Tienes razón al señalar que están descontextualizadas, pero no hay duda de que el tema de la astronomía está tratado en esas tablillas, en las tres, de hecho.

—Cierto. Pero no podemos saber si esos términos astronómicos forman parte de documentos científicos, o si son parte de una obra literaria de ficción, una fábula o una canción.

Ra’id arrugó el entrecejo. Sabía que su colega tenía razón, y eso tiraba por tierra la mayor parte de sus esperanzas. Nidhi y el resto de alumnos presenciaban la conversación con los labios juntos, como si mirasen una final de tenis. Kaled, sin embargo, aunque escuchaba con atención, seguía limpiando la bandeja de pollo con la miga del pan.

—Sé que tu gran pasión es la astronomía sumeria —continuó Mishka sin apartar la mirada de Ra’id—, y que es más que probable que las tablillas que hemos encontrado sean lo que has estado buscando los últimos veinte años. Reboso de felicidad por ello mi viejo amigo, pero vayamos paso a paso. Sabes tan bien como yo que esto llevará tiempo, mucho tiempo. Me dolería profundamente ver cómo se deshacen tus ilusiones si finalmente estamos equivocados. Paciencia.

—Siempre tan prudente, siempre poniendo cordura a mi fantasiosa imaginación eh… —sonrió—. A veces me pregunto que sería de mí sin tu mente templada, siempre a mi alrededor.

—Bueno, no es mi intención poner freno a la inteligencia más ingeniosa con la que jamás he trabajado. Ya sabes que yo soy más práctico, necesito pisar tierra firme para poder trabajar. Pero sin tus propuestas interpretativas nunca habríamos llegado hasta donde estamos ahora.

—Pero profesor —dijo Nidhi, uniéndose de nuevo a la conversación—, ¿acaso descarta que encontremos más tablillas los próximos días?

—Bien es cierto que si las tablillas que hemos sacado hoy son un fragmento de una obra completa, el resto tiene que estar en alguna parte. Pero pensar que hemos topado con una biblioteca es lo más sencillo y por otro lado lo más tentador. Es muy probable que esas tablillas estén aisladas del resto por multitud de razones. No olvidemos que llevan ahí enterradas más de seis mil años. ¿Podéis imaginar la de vueltas que habrán dado antes de ser descubiertas? —lanzó la pregunta a los tres alumnos que les acompañaban a la mesa, como un aspersor regando a su alrededor—. Puede que transportaran toda la biblioteca a la ciudad de Ur cuando esta empezó a tener más poder que Eridu. Como sabéis, el templo se reconstruyó más de diecisiete veces. En cada una de ellas, documentos y objetos extraviados quedaban enterrados hasta nuestros días. Puede tratarse de los restos olvidados de una obra completa que no lleguemos a descubrir nunca, o que simplemente ya no exista. Hay innumerables razones para que no encontremos más escritos cerca.

Las sonrisas se desdibujaron de los rostros de los alumnos. Ra’id no pudo soportar tan patente desilusión y decidió suavizar las palabras de su colega.

—Lo que el profesor quiere decir —explicó—, es que debemos ser prudentes. No debemos dejarnos llevar por la ilusión de lo que podría ser. Trabajar excavando bajo el yugo de la frustración, puedo aseguraros, que no es tarea fácil. El profesor Chandra siempre trabaja sobre lo que tenemos entre manos y no sobre lo que podríamos tener. Así el trabajo es mucho más grato, y las satisfacciones ante los nuevos descubrimientos, mayores. Sabéis que yo soy el primero en hacerme ilusiones y crear una montaña de un grano de arena en cuanto a las expectativas, pero el tiempo que he trabajado junto al profesor Chandra le da la razón. Al fin y al cabo, por muchas teorías que surjan de todo lo que extraemos de la tierra, somos científicos y como tales debemos ser rigurosos y no dejarnos llevar por la pasión.

Mishka le lanzó una sonrisa de agradecimiento y se preguntó por qué sonaba siempre tan pesimista cuando se agarraba con fuerza a los hechos. Se alegró de tener cerca de su colega, una vez más.

—¿Y la estela que enviamos a Bagdad hace dos semanas? —preguntó Ilanah.

La chica tenía unos enormes ojos color miel que hechizaban a cualquiera que se aventurase a posar su mirada sobre ellos. Era de cuerpo menudo y siempre caminaba con pasitos cortos, que en ocasiones la obligaban casi a trotar. Era una de las mejores alumnas a la que Ra’id había dado clase. Sus intervenciones eran siempre brillantes, y sus trabajos y exámenes así lo confirmaban. Su actitud y profesionalidad trabajando en la excavación acallarían al claustro de profesores, que no entendía cómo el profesor Abdul-Ridha había dejado fuera al aventajado alumno Ahmed Mubarak, y había metido en el equipo a la joven Ilanah.

— ¿Puede tener relación con los hallazgos de hoy profesor?

—Creo que la estela es mucho más moderna que las tablillas, aunque estamos en las mismas, aún no han podido traducirla entera. Pero ya que es tu universidad la que está llevando a cabo las investigaciones, cuando vuelvas a Bagdad quizá puedas ayudar en su traducción. Mantennos informados —Le dedicó una sonrisa.

Junto a ellos, varios hombres mantenían una acalorada discusión. Habían terminado de comer hacía rato y ahora empapaban sus argumentos en tabaco y té. Al resto de comensales parecía no importarles el alboroto al que probablemente estaban acostumbrados, por lo que Mishka no le dio importancia. El tiempo que había pasado en oriente medio le había servido para aprender que, una discusión en árabe, sonaba más dramática y feroz de lo que realmente era. Sin embargo Ra’id no podía evitar tener un oído atento a lo que estaban diciendo.

—¿Ocurre algo profesor Abdul-Ridha? —preguntó Nidhi.

Ra’id dudó un momento. Luego se tomó su tiempo para preparar una respuesta, pero Ilanah, que también había estado cotilleando, se le adelantó.

—Están enfadados por la prepotencia de los americanos —respondió.

—¿Siguen acusando a Sadam de tener armas de destrucción masiva? —preguntó Mishka en tono dubitativo.

—Claro, la negativa de Sadam a dejar que inspectores de Naciones Unidas entren en el país está poniendo nerviosos a los americanos —explicó ella en un tono claramente alterado—. Y les está dando la excusa perfecta para venir aquí a quitarnos nuestro petróleo. Es una vergüenza.

Ra’id posó con suavidad su mano sobre la de ella, que descansaba en la mesa.

—Baja la voz por favor —pidió— ¿o acaso no estás oyendo lo que dicen?

Ilanah escudriñó el bar, como buscando a alguien escondido en algún rincón, a la vez que su tutor hacía lo mismo.

Mishka observaba la reacción de sus compañeros sin entender lo que estaba sucediendo.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Esos hombres —dijo Ra’id, ladeando la cabeza disimuladamente en dirección a ellos— están muy alterados porque aseguran que desde hace unos días hay dos agentes americanos metiendo las narices en el barrio.

—¿Agentes americanos? —Mishka no podía creer el giro extraño que había tomado la conversación—. ¿Qué tipo de agentes?

Comenzó a buscar una postura más cómoda sobre la silla, mientras alzaba el cuello con torpe disimulo y buscaba, entre la gente del bar, algo o alguien sospechoso.

—No lo sé —respondió Ra’id bajando la voz—. Se quejan de que los americanos no tienen bastante con enfrentarnos al mundo con falsas acusaciones, sino que también tienen que venir aquí a meter las narices.

—¿Y cómo saben que son agentes, y no turistas visitando la ciudad? —preguntó Nidhi, con el mismo tono inocente que había utilizado Mishka.

—No tengo ni idea. Por favor dejemos el tema. Últimamente la gente está muy alterada con todo lo que está sucediendo, y es normal escuchar todo tipo de cosas en la calle. Olvidemos esto y metámonos en nuestros asuntos —sugirió Ra’id, visiblemente acalorado.

Una mirada amenazadora cayó sobre Ilanah invitándola a obedecer. Ella se mordió los labios. Estos son también nuestros asuntos, pensó, pero respetó la decisión de su profesor, bajó la mirada y no dijo nada más.

 

A la mañana siguiente, un timbre ronco arrancó a Mishka de sus sueños. Aplastó varias veces el despertador con su mano torpe, pero el irritante sonido continuó. Tuvo que abrir los ojos con dificultad e incorporarse para entender qué ocurría. A penas entraba luz por la ventana, un tímido y pálido resplandor anunciaba el comienzo de un nuevo día, pero la habitación del hotel estaba aún sumergida en la penumbra.

Junto al despertador, derribado en la mesilla de noche, el teléfono chirriaba acusando los años de servicio. El profesor, atolondrado, lanzó la mano hacia el auricular, más para calmar su ánimo que para contestar la llamada. Aunque llevado por un acto reflejo se puso el aparato en la oreja y respondió:

—Diga…

Una voz se abrió paso a través de los chasquidos de la línea. Alguien dijo algo en árabe. Una pausa. Y finalmente una voz en inglés:

—¿Profesor Chandra? —el acento era fuerte, la voz grave.

—Sí, soy yo. ¿Quién habla?

—Buenos días profesor, soy Donny. Disculpe si le he despertado pero le llamé anoche y no conseguí hacerme con usted . Quería hablarle antes de que saliera al yacimiento.

—Oh, señor George —trató de aclararse la garganta mientras se frotaba los ojos—. Ayer se nos alargó el paseo tras la cena. ¿Ocurre algo?

—La verdad es que si. Verá, tenemos un tema muy delicado entre manos que debemos tratar cuanto antes. ¿Cuándo vuelve a Bagdad?

—La semana que viene, creo. Ahora no tengo delante el calendario —hizo una pausa—… El miércoles, el miércoles que viene volvemos. El jueves estaré en el museo a primera hora de la mañana.

—Perfecto, le espero entonces.

—Disculpe. ¿Hay algún problema?

—Así es, parece que los americanos nos están apretando las clavijas. Tenemos que reunirnos y arreglar algunos asuntos. No es nada urgente, podemos esperar a la semana que viene, no se preocupe. Nos reunimos y lo hablamos con calma. No quiero precipitar una decisión equivocada.

—Está bien, señor George. Como usted diga.

—¿Cómo les están yendo las cosas, profesor Chandra? —preguntó alegrando el tono.

—Oh, muy bien señor. Hemos hallado unos escritos muy interesantes. Aún es pronto para poder sacar conclusiones, pero creo que estamos en el lugar correcto.

—Fantástico —exclamó—. No sabe lo reconfortante que resulta oír buenas noticias. De vez en cuando uno necesita que le saquen de entre las montañas de papeles y le alegren el día. Estoy deseando verle para que me cuente todos los detalles.

—Tenemos mucho de qué hablar, se lo aseguro.

—Ande con cuidado —susurró Donny—. ¿Me oye? Esté alerta y sea discreto.

Un dilatado silencio agravó el tono de la inusual advertencia.

—De acuerdo, lo seré.

El otro colgó el teléfono y el auricular crujió.

 

Ese día Mishka fue el primero en bajar al comedor. El resto del equipo fue llegando, uno tras otro. Encontraron al profesor con la mirada perdida, con una tostada sostenida en una mano olvidada, enfriándose. Parecía muy concentrado en sus pensamientos. A penas reparó en la presencia de los demás. Continuó apartado de las conversaciones de sus compañeros, inmerso en su mundo de misterios. El grupo terminó el desayuno, subió al microbús, y empezó otro duro día de trabajo bajo el aplastante sol del final del verano.

Al terminar la jornada habían extraído cuatro tablillas más. Lo mismo ocurrió al día siguiente y al siguiente. A finales de semana la colección de escritos encontrados ascendía a casi sesenta. Los miembros de la expedición estaban exultantes. Nadie podía haber imaginado nada igual. Se encontraban ante un gran descubrimiento, de eso no había la menor duda. Tras las excavación, quedaban por delante semanas, meses de duro trabajo en la universidad y el museo, quizá años. La mayoría de los estudiantes estaban deseando poder ponerse manos a la obra y desentrañar los misterios de la historia más antigua que se conocía hasta la fecha.

A sólo un día de la partida, el campamento estaba casi desmantelado. El sol, enrojecido por su proximidad al horizonte, parecía más grande de lo habitual. En el desierto este efecto era mucho más acusado que en otras partes. El espectáculo era digno de contemplación. A lo lejos se deshacía, elevándose en el aire, la nube de polvo levantada por el paso del microbús en su último viaje. Allí ya sólo quedaban Mishka y un par de alumnos que trabajaban metiendo el material embalado en el Land Rover. El sol disminuía la temperatura que irradiaba según descendía y el trabajo se hacía mucho más llevadero.

Mishka metía en cajas el material más delicado, verificando en su liberta que no olvidaban nada. Se quitó las gafas, dejándolas colgar del cordón alrededor del cuello, y se frotó el puente de la nariz. Con los ojos cerrados inhaló el aire del desierto, como si tratara de tomar una instantánea olfativa del momento. No sabía cuando volvería a obtener fondos para una nueva campaña. Era muy probable que pasasen años, aunque con los nuevos hallazgos quizá podría presionar al museo para seguir excavando. Echó un último vistazo a la zona en la que habían trabajado los últimos días y suspiró.

—Nidhi —llamó alzando la mano.

El muchacho se giró al oír la llamada. Llevaba una pesada caja con herramientas, camino al coche. La caja pesaba demasiado como para estar ahí parado cargando con ella, así que no tuvo más remedio que levantar un poco una pierna y apoyarla sobre su muslo.

—Cuando termines con eso ven un momento por favor.

El siempre apresurado estudiante aceleró el paso, más interesado en lo que su profesor podía contarle, que en librarse de la carga. Dejó la caja en la parte trasera del todoterreno, dio media vuelta, y corrió hasta donde se encontraba el profesor.

—Dígame.

Dejó caer los brazos y los agitó tratando de librarse del entumecimiento.

—Necesito que hagas algo por mí —confesó Mishka bajando el tono de voz. Miró al resto de estudiantes que trabajaban alrededor del Land Rover antes de seguir hablando.

—Claro, lo que usted diga.

A pesar de encontrarse a distancia suficiente como para no ser oídos, habló en hindi:

—Verás, necesito que mañana, antes de irnos a Bagdad, cojas todas las tablillas con mucho cuidado —le lanzó una mirada gélida, para enfatizar las instrucciones—, y las lleves a tu habitación. El resto de tus compañeros, el profesor Abdul-Ridha y yo, estaremos abajo preparando el convoy.

Nidhi frunció el ceño en señal de no entender bien lo que su profesor le estaba pidiendo.

—Entonces cogerás la cámara de fotos —prosiguió—. Y las fotografiarás una a una. Es de vital importancia que tengan la mayor calidad posible. Usa el trípode si es necesario, pero se tienen que ver todos los detalles. Por favor, no las saques movidas, asegúrate de que las escrituras sean perfectamente legibles, con todas sus muescas e imperfecciones. ¿Entiendes?

—Sí, profesor.

Mishka volvió a ponerse las gafas. Miró fijamente a su alumno a través de las lentes.

—Verás, si te pido esto a ti, es porque tengo plena confianza en que harás un buen trabajo y serás discreto.

—Está bien —contestó Nidhi, con el rostro petrificado.

—Es importante que nadie sepa que has hecho esas fotografías. Asegúrate de hacerlas en una tarjeta de memoria vacía. Cuando hayas terminado me entregarás la tarjeta.

Nidhi no dijo nada, sólo asintió.

—No te preocupes, nadie sospechará nada. Eres el encargado del transporte de las tablillas, así que nadie se dará cuenta.

—¿Hay algo más que deba saber, profesor? —dijo, esperando alguna confesión.

—Nada importante. No te alarmes. Sólo estoy tomando las medidas necesarias para que todo nuestro trabajo no sea en vano. Y cuanta menos gente esté enterada de este tipo de asuntos, menos riesgos correremos.

—Entendido, puede contar conmigo.

—Lo sé —dijo para confirmar su complicidad—. Has hecho un buen trabajo, es un placer tenerte en mi equipo.

Le frotó el hombro en señal de cariño y confianza. Nidhi hinchó el pecho.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s