I Sucesos

1

 Las copas de champán chocaron en el aire. Después del primer trago se repitieron los apretones de manos acompañados siempre de amplias sonrisas. El ambiente estaba contagiado de la sensación de haber abierto una puerta hacia un futuro diferente. La ciencia había madurado, había dado un salto evolutivo, probablemente el más grande que la humanidad alcanzaría jamás. La vida de las personas estaba a punto de cambiar para siempre. Envejecer sería un concepto que habría que revisar, y la muerte… la muerte sería el nuevo tema a debatir durante mucho tiempo. Aún quedaban años de investigación, de ensayos y pruebas, de perfeccionamiento, pero el paso estaba dado. Décadas de avances científicos sin igual habían dado al fin sus frutos.

Agotadas felicitaciones y abrazos, los miembros del equipo decidieron que era hora de irse a casa a compartir la alegría con los suyos y descansar para poder afrontar los preparativos para las ruedas de prensa y la publicación de los artículos.

Se fueron todos menos Albert, que se quedó a cerrar el laboratorio, como había hecho durante los últimos años al terminar la jornada. Apagó algunos ordenadores, no todos: centrifugadora, escáneres, sistemas de refrigeración, y por último apagó las jaulas.

Al llegar junto a la mesa central echó una ojeada a su alrededor comprobando que todo estaba en orden. Se quitó la bata y la dejó caer sobre el respaldo de su silla. Se giró hacia el centro de la mesa y se despidió de Rom-19 con un gesto de amabilidad, dándole las gracias por todo. La rata blanca descansaba en su jaula de metacrilato, esterilizada, aún con dos cables conectados a su cabeza afeitada y una vía de suero asegurada en su lomo. Aún estaba despierta, su corazón latía con más fuerza que nunca, golpeando como un mazo contra su pecho. Albert apagó el fluorescente que pendía sobre la jaula. La oscuridad sobre Rom-19 se llevó el recuerdo de Albert, que se dirigió hacia la salida con paso familiar.

La llave giró varias veces al otro lado de la puerta. Los chasquidos del metal contra la puerta fueron lo último que Rom-19 pudo oír antes de morir.

  2

 El cielo centelleó por última vez, y lo hizo quedando en la más absoluta oscuridad. Hacía tanto tiempo que no se repetía un acontecimiento parecido, que a los dos les cogió por sorpresa. Al principio ninguno de ellos dijo nada, ni siquiera se movieron, pero pasado el primer instante de incertidumbre, necesitaron aclarar lo ocurrido.

—¿Ha vuelto a suceder? No puedo creerlo.

—Eso parece. No creía que volviese a pasar, ya casi lo había olvidado.

El paso del tiempo había enterrado muchas cosas. Parte del camino recorrido, algunas esperanzas, casi todas las ilusiones, grandes ideas tiradas en el suelo, incluso las verdaderas razones que les hacían seguir adelante. Habían perdido a la mayoría del grupo en las circunstancias más desconcertantes. Hacía meses que caminaban los dos solos, casi sin rumbo, pasando por los mismos lugares una y otra vez, sin saber qué hacer. Como bestias enjauladas durante tanto tiempo que ya habían olvidado de dónde provenían sus deseos de escapar. ¿Escapar de qué?

Casi a tientas, se acercaron a la ventana, deseando descubrir al otro lado indicios del momento en el que se encontraban. Al atravesar el cristal con la mirada no pudieron creer lo que vieron, era una imagen tan obsoleta y olvidada que tuvieron la sensación de estar soñando. Robert negaba con la cabeza mientras señalaba a lo lejos.

—No es posible, hay luces. ¡La ciudad está completamente plagada de luces! —exclamó sin poder dar crédito a lo que le decían sus ojos—. ¿Ves lo mismo que yo? ¿lo ves?

—Sí, Robert, lo veo. No puedo entenderlo, creo que al fin, y de la manera más inesperada, hemos encontrado el modo de arreglar las cosas.

En el exterior, la ciudad bullía.

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