Muro

Desde el mismo momento en que empezó a existir, hacía ya diez años terrestres, Único había dedicado su existencia a caminar sin descanso. Su razón de ser era apoyar un pie en la arena mientras desplazaba el otro hacia adelante con la única intención de apoyarlo de nuevo y avanzar así un poco más. Su paso era lento, constante y equilibrado por lo que su movimiento era en línea recta. Su dirección y sentido habían sido los mismos durante diez años y probablemente seguirían así hasta el primer instante de su inexistencia. Sin embargo andar sin descanso por aquel desierto no era su única actividad, Único poseía un cerebro y era capaz de percibir su entorno, analizarlo y preguntarse sobre el por qué y el cómo de todo ello. Era capaz de relacionar entre sí los datos que le llegaban a través de sus sentidos y crear ideas y formas de entender su mundo que ni habían nacido con él ni estaban representados en el mundo material. Sigue leyendo

Transeúnte

Al sentir el sol en la cara creyó haber descubierto un nuevo mundo. Nunca antes había tenido aquella sensación y, desde luego, no le gustó nada. Se pegó cuanto pudo a las fachadas de los edificios, buscando restos de oscuridad, tratando de ocultarse en las sombras, deseando no ser descubierta.

Un tipo alto, de traje impoluto y aires de grandeza avanzaba hacia ella desde el otro lado de la calle. Le vio cruzar, pero trató de ignorarlo agachando la cabeza y pegándose aún más a la pared rasposa. Estaba segura de no haber sido vista, por lo que aceleró el paso con la intención de dejar atrás al hombre que tenía justo delante.

Su movimiento agitado la delató y el desconocido reparó en ella inmediatamente. Primero dio un respingo y luego la siguió con la mirada. Levantó el pie con rapidez y trató de aplastarla con la suela de su zapato.

Una mujer gritaba en el interior de un autobús, repugnada por la lucha entre el hombre y la rata que gritaba con cada pisotón.

En manos de Nanda Devi

Recordó una vez más la impresión que le produjo ver por primera vez aquel majestuoso paisaje salido de un cuadro pintado por los dioses o mejor aún, de un sueño; soñado por la criatura más inocente y pura de la tierra. Se sintió atraído por las descomunales dimensiones de la cordillera que tiraban de él con la fuerza de un gigante. Sus afilados y toscos perfiles le daban un volumen denso y sólido. La luz del mediodía se dejaba caer suave bañando las rocosas formaciones y haciendo resaltar la erguida y firme figura de las montañas sobre un delicado cielo azul claro. El pincel divino que desde el cielo pintaba de gris las desnudas rocas, lo hacía con un tono distinto cada vez. Sigue leyendo

La tormenta de árboles

La pérgola de acero estaba vieja y oxidada, el sol y la lluvia la habían golpeado durante años y a pesar de ser tan robusta y fuerte como el primer día, su aspecto no le hacía justicia. Se sujetaba sobre cuatro pilares de hormigón que soportaban todo el peso de las vigas. Daniel pendía del arnés pasado a través de una de las vigas y agarraba con firmeza de un extremo de la malla metálica. Pasó el último mosquetón por el anclaje soldado a la viga y le hizo una señal a Eva con el brazo. Desde el jardín, al otro lado, Eva tiraba del tensor que fijaba la malla al suelo. Sigue leyendo