Insistencia

No pudo creer que lo hubiera hecho una vez más. La retrospectiva le dio una visión de sí mismo que le asustó. Durante un instante tardó en reconocerse, en ver en su propio rostro la persona que siempre había sido. Una vez recompuesto pudo disfrutar la reproducción de nuevo y se relajó. A su término no dudó y forzó una nueva repetición, que por otra parte aunque repetida no sería la misma. Y así descubrió que su carácter hedonista le conducía por caminos oscuros y estigmatizados de los que la mayoría prescindía. Para él esto no tuvo la mayor importancia e incluso le hizo gracia. Volvió a disfrutar de aquel estímulo tan agradable al saber de nuevo la libertad en su poder.

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Demasiado tarde

Y de tanto procrastinar envejeció, Más de lo que nunca llegó a imaginar. Y aquella bofetada de realidad le turbó el pensamiento y le hizo agachar la cabeza.

Fue entonces cuando la autocompasión afloró de nuevo, pero esta vez no para entorpecer su caminar, sino para ofrecerle su propio reflejo. Al abrir los ojos se dio asco y se entregó a la realidad para deshacerse de los enjambres de sombras de sus demonios antes de morir.

Transeúnte

Al sentir el sol en la cara creyó haber descubierto un nuevo mundo. Nunca antes había tenido aquella sensación y, desde luego, no le gustó nada. Se pegó cuanto pudo a las fachadas de los edificios, buscando restos de oscuridad, tratando de ocultarse en las sombras, deseando no ser descubierta.

Un tipo alto, de traje impoluto y aires de grandeza avanzaba hacia ella desde el otro lado de la calle. Le vio cruzar, pero trató de ignorarlo agachando la cabeza y pegándose aún más a la pared rasposa. Estaba segura de no haber sido vista, por lo que aceleró el paso con la intención de dejar atrás al hombre que tenía justo delante.

Su movimiento agitado la delató y el desconocido reparó en ella inmediatamente. Primero dio un respingo y luego la siguió con la mirada. Levantó el pie con rapidez y trató de aplastarla con la suela de su zapato.

Una mujer gritaba en el interior de un autobús, repugnada por la lucha entre el hombre y la rata que gritaba con cada pisotón.

El cazador de pensamientos

Una inesperada ráfaga de viento arrancó el sombrero de la cabeza del cazador, quedando ésta al aire y despeinada. Cuando cayó al suelo, un transeúnte que caminaba pocos pasos por detrás, se agachó a recogerlo. Tuvo el incontenible impulso de cubrir su cabeza con él, y sin meditarlo así lo hizo.

—¡Eh, oiga! —gritó el cazador mientras se volvía—. Devuélvame mi sombrero.

Al darse el otro por aludido se sintió descubierto. Avergonzado tomó el sombrero con delicadeza por la copa, se lo sacó de la cabeza y lo tendió al cazador. Éste, con una oscura sonrisa en su rostro, alargó la mano y asiendo su sombrero del ala, lo devolvió al lugar al que pertenecía.

Como tantas otras veces no pudo mantener los ojos abiertos, mientras los pensamientos y recuerdos de una nueva víctima pasaban a formar parte de él.